par Massoumeh Raouf sur atalayar.com/fr/
Irán incorpora oficialmente a niños de apenas 12 años en misiones de seguridad, revelando una crisis del aparato represivo y un incumplimiento flagrante de normas internacionales en medio de una represión creciente
Introducción
Mientras Irán se ve sumido en una guerra devastadora y sufre los ataques de las fuerzas estadounidenses e israelíes, las autoridades cruzan una nueva línea: la incorporación oficial de niños a partir de los 12 años a las fuerzas de seguridad. Lejos de ser anecdótica, esta práctica se inscribe en una continuidad histórica y pone de manifiesto el agotamiento de un aparato represivo que se enfrenta a una sociedad en transformación.
Una decisión oficial que confirma una deriva
El 26 de marzo de 2026, Rahim Nadali, responsable cultural de los Guardianes de la Revolución en Teherán, anunció en la televisión estatal que adolescentes de 12 y 13 años serían integrados a partir de ahora en misiones de seguridad. Según sus declaraciones, estos jóvenes participarán en “patrullas operativas”, en “puestos de control” y en la “recopilación de datos de seguridad”. Esta medida se produce en un momento en que las fuerzas de seguridad multiplican los puestos de control en la capital para sofocar cualquier protesta contra la República Islámica.
Nadali justifica esta deriva por una supuesta “fuerte demanda” de los jóvenes frente al “tirano mundial”. Sin embargo, esta movilización parece ser una respuesta desesperada ante la amenaza de nuevos levantamientos. Los Guardianes de la Revolución han advertido, por otra parte, que darían una respuesta “más letal” que la del pasado 8 de enero en caso de disturbios.
En este contexto, datos recientes ilustran de forma concreta las consecuencias de esta política. Según un informe publicado estos últimos días por el Basij de los docentes, se ha confirmado la muerte de un alumno de 11 años, Alireza Jafari, durante una misión en un puesto de control de la autopista Artesh en Teherán. Según esta fuente, el niño murió “en acto de servicio” durante un ataque con drones. Esta información, ya difundida por otros medios de comunicación, ha ido acompañada de testimonios de la familia: su madre declaró al diario Hamshahri que su padre había llevado al niño al lugar debido a la falta de personal. También precisa que la presencia de adolescentes de entre 15 y 16 años en estos puestos de control es habitual.
Una práctica arraigada en la historia de la República Islámica
El uso de niños por parte de la Guardia Revolucionaria no es un fenómeno nuevo. Durante la guerra entre Irán e Irak, miles de niños fueron enviados al frente, en particular para desminar campos.
Según datos difundidos por la agencia oficial IRNA (29 de septiembre de 2014), más de 33.000 escolares habrían muerto durante el conflicto. Ya en 1983, el diario gubernamental Ettelaat describía estas escenas: adolescentes de 14 o 15 años avanzando por campos minados, algunos envolviéndose en mantas antes de tirarse al suelo para limitar la dispersión de sus cuerpos tras las explosiones.
En 1983, yo mismo fui testigo del reclutamiento de escolares por parte de los pasdaranes para la guerra y la represión. La gente los llamaba “pollitos basijis” o “minisoldados desechables”, una expresión que resumía brutalmente la percepción de su papel sobre el terreno.
Estos datos, procedentes de fuentes oficiales y de testimonios directos, documentan una movilización masiva de niños en operaciones de alto riesgo.
El uso de niños en actividades militares no se limita al territorio iraní. En octubre de 2018, durante una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la embajadora estadounidense Nikki Haley declaró que los Guardianes de la Revolución reclutaban y entrenaban a niños para enviarlos a Siria en apoyo del régimen de Bashar al-Assad.
Una violación de las normas internacionales en un contexto de represión creciente
Según las normas internacionales, en particular la Convención sobre los Derechos del Niño, la participación de menores de 18 años en actividades relacionadas con un conflicto o con estructuras militarizadas está estrictamente regulada y puede constituir una violación del derecho internacional.
El hecho de integrar a niños de 12 años en patrullas, puestos de control o funciones de inteligencia los expone directamente a riesgos físicos y psicológicos. Incluso cuando se presentan como “voluntarias”, estas participaciones plantean cuestiones importantes sobre la responsabilidad de las autoridades.
Esta evolución se produce en un contexto de intensa represión. Según datos de organizaciones de defensa de los derechos humanos, en 2025 fueron detenidas 78 126 personas únicamente por “expresión de opinión”.
Más allá de las cuestiones jurídicas, la reducción progresiva de la edad de participación —de 18 a 15 años, y hoy a 12 años— refleja una transformación de la relación entre el poder y la sociedad. Revela una dificultad creciente para movilizar a los adultos, en un contexto en el que una parte importante de la juventud iraní ha desempeñado un papel activo en los recientes movimientos de protesta.
En este contexto, el recurso a los niños parece un intento de compensar la pérdida de control sobre una población más mayor y politizada.
El uso de niños en la maquinaria represiva no es, por tanto, ni simbólico ni excepcional: parece indicar un debilitamiento del dispositivo de control y la incapacidad de contener una sociedad en tensión. Pone de manifiesto una realidad más profunda: la de un poder enfrentado a una generación que ya no logra dominar, hasta el punto de reclutar ahora a niños para intentar preservar su control.
Ante esta flagrante violación de los tratados internacionales, el silencio de UNICEF y de los órganos de la ONU es inaceptable. El reclutamiento de menores de 12 años en misiones de seguridad constituye una explotación militar criminal. Hacemos un llamamiento a la comunidad internacional para que condene firmemente estas prácticas y exija el cese inmediato de la instrumentalización de los niños por parte del régimen iraní. El derecho a la infancia no debe sacrificarse en aras de la supervivencia de un poder.
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